viernes, 17 de octubre de 2014

Sueño vespertino

Recuerdo los tres cuartos de su rostro tan cerca del mío. Podía oler su flagrante deseo e intoxicarme con sus ígneos presagios cuando nos fundimos en la exquisita transparencia, allí donde auscultábamos nuestros cuellos, en busca de aquellas olas sagaces e impetuosas que adivinábamos encaminándose a la ambrosía; aquel instante justo que precede la confección de un ósculo inefable.
Portentos lo que huían de sus ojos sellados y se asentaban memorablemente en aquel aro prendido de su oreja, que veía aún a través de mis cortinas, fulgurante, prodigioso. Era su estela ahora mi placentera cicatriz, eterna en un recuerdo estático. 

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