Ella dice no saber cómo. Seguramente no lo sabe. Y mientras lo medita sigue hundiéndose cada vez más en aquel exiguo pero inmensísimo abismo. Eso sí lo sabe, y le resulta inexorable. Quizás ya se rindió. Quizás las ataduras son inquebrantables ya. Pero, ¿cómo no?; si la carencia de sosiego persiste y la desesperación crece, así como la confusión, siempre tan inescrutable. No queda más que sumergirse allí, en aquella ambrosía tortuosa. Ésa inefable que pide pago por saborearla para atragantarse después y quedarse allí, indemne, como un recuerdo martilleador, pero necesario, pues es lo único que resta. Que le resta. Que me resta.
miércoles, 10 de febrero de 2010
Seguimos allí. Sigo allí.
Ella dice no saber cómo. Seguramente no lo sabe. Y mientras lo medita sigue hundiéndose cada vez más en aquel exiguo pero inmensísimo abismo. Eso sí lo sabe, y le resulta inexorable. Quizás ya se rindió. Quizás las ataduras son inquebrantables ya. Pero, ¿cómo no?; si la carencia de sosiego persiste y la desesperación crece, así como la confusión, siempre tan inescrutable. No queda más que sumergirse allí, en aquella ambrosía tortuosa. Ésa inefable que pide pago por saborearla para atragantarse después y quedarse allí, indemne, como un recuerdo martilleador, pero necesario, pues es lo único que resta. Que le resta. Que me resta.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Te agradezco éste valiosísimo aporte. Ojalá te pases por acá de nuevo.