Portentos lo que huían de sus ojos sellados y se asentaban memorablemente en aquel aro prendido de su oreja, que veía aún a través de mis cortinas, fulgurante, prodigioso. Era su estela ahora mi placentera cicatriz, eterna en un recuerdo estático.
viernes, 17 de octubre de 2014
Sueño vespertino
Recuerdo los tres cuartos de su rostro tan cerca del mío. Podía oler su flagrante deseo e intoxicarme con sus ígneos presagios cuando nos fundimos en la exquisita transparencia, allí donde auscultábamos nuestros cuellos, en busca de aquellas olas sagaces e impetuosas que adivinábamos encaminándose a la ambrosía; aquel instante justo que precede la confección de un ósculo inefable.
sábado, 14 de diciembre de 2013
Quebranto
Cavilaciones necesarias, urgidas de concreción merodean errabundas por el resquicio más indecible de mi pecho. Así, sin encontrar asidero. A la espera de la implosión, la ridícula implosión.
miércoles, 9 de mayo de 2012
De vuelta perpetua
Andar errabundo ése,
tan infinito e ineluctable,
tan mísero, tan ladrón.
Inoportuno.
Y mío.
Pero, ¿cómo? ¿cómo fue que te traje de vuelta a llenarme de ósculos malditos la soñada claridad?
Vienes cada vez más abstrusa y abominable, veleidosa distracción.
Qué modorra transparente, tan malsana y detestable hemos creado.
Gracias y hasta siempre.
martes, 12 de abril de 2011
De imposibles y lágrimas inexorables
Qué bueno sería que tú quisieras auscultar aquí dentro, bien profundo.
Qué bueno sería que yo supiera cómo dejarte hacerlo.
Así lo quiero, créeme.
Pero eres tan o más inescrutable que yo.
Hombre, óyeme, qué bueno sería.
lunes, 11 de abril de 2011
No te vayas
No lo hagas sin haber estado aquí siquiera, por favor.
No sin haberme dejado tocarte, o al menos rozarte.
Sólo déjame saberte, besarte. Sólo por un breve instante.
Toma lo que quieras también, te doy casi todo.
Y dime que te quedarás. Que me quedarás.
domingo, 10 de abril de 2011
jueves, 7 de abril de 2011
De ires y venires
Así es. Voy y vengo aunque en realidad estoy quieta. Así es más fácil volver, supongo.
Voy, no arriesgo nada y regreso indemne. Al menos así debería ser.
Pero siempre me alcanza un aguijón. Escasamente me toca, pero lo hace. ¿Y ahí qué? Me inserta dudas tan molestamente difusas. Habría sido preferible tragármelo todo de un sopetón.
¿Así será también al otro lado? ¿qué tan escandaloso le será mi silencio?
Sólo quedan preguntas, impulsos, dudas, y una que otra rabieta privada.
Ah, y la misma imprecisa pero a veces satisfactoria maldición. La victoria pírrica del desahogo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)